Sanación espontánea

 

Es algo muy conocido. Se conocen por cientos, muchos cientos, los casos de pacientes en estado terminal que sanaron en un momento, sobre todo tratándose de casos de cáncer.

 

La ciencia para el pueblo siempre los arrinconó y olvidó, pues la sobrepasan y dan un revés a todo lo que la medicina alopática enseña en sus universidades.

 

 A esta curación la llama la medicina alopática “Remisión Espontánea”. También es conocida como “Curación Cuántica” y “Curación espontanea” o “sanación Espontánea”.

 

La medicina alopática o medicina farmacológica no casa con este tipo de curaciones ya que estas pudieran abrirnos los ojos a la realidad de que somos mucho más que un pedazo de carne con un órgano con la rareza de servir para razonar.  Tal como la ciencia para los seres de la granja humana requiere que creamos, la razón es resultante de la materia, ya que no existe nada más allá de la materia. Pero la verdad es que somos mucho más que materia, de hecho la materia es una ilusión resultado de la creación de nuestra mente como colectivo, sostenida por la Mente del SER de acuerdo a lo que nosotros decidimos crear. Por ello podemos esperar cualquier obra, por muy maravillosa que sea, siempre que pongamos en marcha nuestros mecanismos como seres cuánticos que somos. No existen límites a nada para aquellos que tengan conocimiento y fe en ellos mismos*.

 

El Libertario

*a veces, incluso creencias religiosas falsas por haber sido entregadas por los seres de la Oscuridad, sirven para iniciar el milagro, pues lo importante es tener fe en el resultado y gran deseo de que se produzca el milagro
 
 
 
 
 
 
Alain Moenaert y curación espontánea

 

En el año 2011 Alain Moenaert, en la etapa final de una carrera profesional muy fructífera, estaba ultimando su obra maestra. Se trataba de un libro que resumía dos décadas de estudio y observación de un fenómeno poco estudiado por la medicina: las curaciones espontáneas.

Son esos casos que la medicina considera una rareza clínica en los que enfermedades como el cáncer, a menudo invasivas y en un estado avanzado o terminal, simplemente se desvanecen y desaparecen.

Prácticamente de un día para otro, enfermos que habían sido desahuciados por la medicina, de pronto se curan. Sin fármacos, sin cirugía, sin tratamiento.

A Moenaert le intrigaban esos casos para los que la medicina no tenía ninguna explicación. Y empezó a descubrir coincidencias que se daban en todas las personas que habían conseguido escapar de los pronósticos médicos más terribles: pacientes seropositivos, personas que habían sufrido un accidente con secuelas irreparables, enfermos con cáncer avanzado y otras patologías aparentemente incurables.

Estudió concienzudamente los casos de 210 supervivientes que se habían curado de forma “milagrosa”, pues no había otra forma de explicarlo. Y al analizar las similitudes que existían entre estos pacientes, consiguió identificar 12 grandes etapas por las que pasaron todos ellos.

 

La primera etapa: Aceptar el diagnóstico pero rechazar el pronóstico

 

El diagnóstico de la enfermedad es simplemente la realidad de la patología que se sufre. No hay que negarlo: es real y está ahí.

A lo que sí hay que negarse es a aceptar por las buenas el pronóstico, que es el tiempo de vida o las secuelas que la medicina predice en base a las estadísticas.

Ante la típica pregunta: “Doctor, ¿cuánto me queda?”, los supervivientes a los que estudió Moenaert se negaron a aceptar esas pocas semanas o meses que les auguraron los médicos. Rechazaron la idea de estar condenados. Decidieron que iban a jugar a fondo la prórroga del partido de su vida.

Rechazar el pronóstico fue lo que hizo el ciclista estadounidense Gregg LeMond, ganador del Tour de Francia en 1986 y al que después de un accidente de caza en el que quedó gravemente herido le dijeron que estaba condenado a quedarse en una silla de ruedas el resto de su vida. Dos años más tarde del accidente, en 1989, y con restos de munición aún en el cuerpo, volvía a recorrer los Campos Elíseos de París nuevamente con el maillot amarillo. “Gregg LeMond no dejó que las estadísticas le dijeran lo enfermo que estaba”, explica Moenaert, quien en esos años analizaba los casos de pacientes con sida que se habían curado diez años después de haber sido diagnosticados (estamos hablando de una época en la que el sida era una enfermedad fatal).

Esta es sólo la primera de las 12 etapas de curación que ha identificado Alain Moenaert. Y que no sólo ha identificado, sino que además las ha vivido en su propia carne.

 
 
 

Un duro golpe

 

Porque, casualidades de la vida, si es que puede explicarse así, mientras escribía las últimas páginas de su obra, Alain Moenaert recibió un duro golpe: sufrió un accidente cerebrovascular que le dejó afásico (incapaz de hablar o entender el lenguaje), disléxico y con trastornos del equilibrio. Y mientras se recuperaba le diagnosticaron un cáncer de próstata invasivo con el peor de los pronósticos.

Desahuciado por los médicos, Alain Moenaert tomó una decisión radical: vendió todo lo que tenía, abandonó Europa y viajó a Bali. Sin presiones, sin limitaciones y con dos maletas como único equipaje, dispuesto a revisar sus prioridades y a descubrir una nueva vida, y también a sí mismo.

Había puesto en práctica la primera etapa de las 12 que él mismo había identificado en los supervivientes a los que había estudiado tan a fondo: aceptó el diagnóstico pero se negó a aceptar el pronóstico.

Su salud mejoró, y hoy no hay rastro de ese terrible cáncer que estaba previsto que acabara con él. Sigue viviendo en Bali.

No voy a mentirle ni darle falsas esperanzas respecto a la cura de las más graves enfermedades. Pero lo que sí está claro es que la ciencia no tiene todas las respuestas. Las 12 etapas que ha identificado Alain Moenaert no son una ocurrencia, sino fruto de la observación empírica.

Uno tras otro, todos los pacientes estudiados por Moenaert, y él mismo después, comenzaron aceptando el diagnóstico pero desafiando el pronóstico. A partir de ahí, comenzaron un fascinante recorrido, las 11 etapas siguientes, de verdadero coraje, introspección terapéutica y capacidad real de transformarse.

Existen ciertos perfiles psicológicos que predisponen a sufrir las enfermedades más graves, mientras que hay otros que parece que las repelieran. Esta idea, que no es nueva para los científicos, fue otro de los hallazgos que se pusieron de manifiesto ante Moenaert durante sus investigaciones.

 

Alain Moenaert, psicólogo y psicoterapeuta

 

 

Las 12 etapas de la curación

 

1. Aceptar el diagnóstico

2. Rehusar el pronóstico

3. Ver esta catástrofe como una oportunidad vital

4. Convertirte en la persona más importante de tu universo

5. Hacerte responsable de la creación del problema

6. Construir la determinación

7. Descubrir el mensaje – función del síntoma

8. Limpiar el pasado de los traumas y las creencias limitadoras

9. Crear un obsequio que sea continuamente satisfactorio

10. Construir un futuro sin tensiones

11. Sentirse unido y desarrollar una práctica espiritual

12. Vivir la vida

 
 
 
Consejos de Alain Monaert

 

Mi consejo es no revisar el pasado, porque éste puede bloquear el presente. El psicólogo (Alain) plantea construir un futuro sin tensiones, es decir, sin cargas personales, que fluya y deje atrás todo aquello que no aporta ningún beneficio.

La práctica espiritual ocupa un espacio importante en “Las 12 etapas de curación”. El especialista francés recomienda la práctica de determinadas actividades que mejoran el bienestar físico y personal de quien sufre una enfermedad grave. “Andar por la naturaleza y meditar son algunas pautas que ayudan a lograr un estado de calma y tranquilidad interior”

 

https://www.portalholistic.com/es/articles/las-12-etapas-para-afrontar-una-enfermedad-grave

 

 

Sanación cuántica

 

Si consideramos que todo lo que conforma nuestro Universo estuvo formando parte de la misma Unidad antes del Big Bang, a un nivel profundo todo estará unido con todo debido al “entrelazamiento cuántico”. Sabemos que si dos fotones han estado en contacto “se entrelazan” y lo que le ocurra a uno de ellos repercutirá de inmediato en el otro aunque se separen, anulándose en el plano cuántico los efectos del tiempo y del espacio como si “algo especial” fuera la causa de esa relación instantánea.

 

Ese “algo especial” es la Vibración Primigenia provocada por la Vacuidad o Conciencia pura, que es una conciencia inmediata y constante del Espíritu original omnisciente, omnipotente y omnipresente en todos los Universos que está radicalmente libre de cualquier sombra de dualidad. Podríamos decir que es el todo y la nada, la nada llena, la plenitud; constituyendo para nuestra mente racional la mayor de las paradojas.

 

La enfermedad es un desequilibrio en uno o varios planos de la persona; pero como ésta constituye un todo indivisible, resulta posible promover modificaciones sobre una parte del individuo de tal manera que surta efecto sobre el conjunto del mismo. Concretamente, la sanación cuántica parte del principio de que no existe una auténtica separación entre el origen y lo creado, por lo que cabe la posibilidad de ponerse en contacto con el principio original armonizador, la Vibración Primigenia, para que lograr la sanación nuestra y de otros por resonancia.

 

Y justamente así sucede en la Sanación con Energía Primordial, mediante la que se canaliza y aplica de manera específica la Vibración Primigenia, origen de los patrones de energía estructurada que provienen del “campo unificado” del que proceden todos los Universos. Esta sanación se lleva a cabo conectando con la vibración original y experimentándola con propósito de armonización del receptor, sea uno mismo u otra persona. Se trata, por tanto, de una vivencia en la que el facilitador se abre a la posibilidad de que el Espíritu original se manifieste a través de la canalización para sanar de manera inmediata y perenne justo lo que sea conveniente.

 

Por otra parte, tanto Sanación Fotónica como Sanación con Energía Primordial se basan en el principio cuántico de que la conciencia crea la realidad conforme al “efecto observador” o cambio de cualidades a nivel subatómico cuando éstas son observadas, y en el “principio de incertidumbre” o imposibilidad de predecir el futuro por la observación del pasado o del presente, debido a la “superposición cuántica” (que sostiene que un sistema físico subatómico existe de alguna manera en todos sus estados posibles). La fusión de ambos da lugar a dos aspectos fundamentales en la sanación cuántica; el primero de ellos es que la conciencia despierta y concentrada transforma la realidad, y el segundo que todo cambio es posible, dependiendo de la actitud de quienes estén implicados en el proceso (ya que a nivel subatómico la conciencia centrada en la Unidad, con actitud compasiva o “coherencia cardíaca”, sería capaz de eludir la relación causa-efecto tal como nos recuerda el dicho “el amor hace milagros”).

 

Tanto la canalización de la Vibración Primigenia como el efecto de la conciencia despierta y concentrada al provocar cambios enlazando el tiempo y las dimensiones mediante la aplicación de técnicas concretas, son factores cuánticos fundamentales en Sanación con Energía Primordial.

 

Digamos también que en Sanación Fotónica y en Sanación con Energía Primordial tanto el presente como el pasado y el futuro son contemplados como distintos “ahoras” de la dimensión que experimentamos. Ese punto de vista facilita la conexión con el pasado y con el futuro, incluso con otras dimensiones que contemplen el tiempo y el espacio con parámetros distintos.

 

Carlos Calvo

 

https://www.facebook.com/joseluis.martinezgarcia.1253/posts/869908116542580

 

 

 

Los casos de curaciones milagrosas, curaciones espirituales o curaciones por la mente, como se les quiera llamar, se cuentan por millares; esos casos son bien conocidos por la “ciencia”, solo que nos los esconden. Son tantos los casos, que nuestra “ciencia” usa el nombre eufemístico de ‘Remisión Espontánea’ para soslayarlos. Algunos doctores, más honestos ellos, como el Dr. Andrew Weil, desafiaron todo lo que se les había enseñado y se atrevieron a investigar y a exponer estos hechos tratando de hallar unos patrones. El Dr. Weil tras estudiar estos casos publicó el libro ‘La Curación Espontánea’.

 

 

El caso de Gino que traigo como ejemplo proviene del libro de la Dra. en psicología experimental Carolyn Miller:

 

GINO

 

Cuando Gino tenía veintitrés años estuvo a punto de morir por una grave enfermedad. Su estado era crítico, pero al cabo de varias semanas internado en un hospital y después de largos meses en una clínica para convalecientes, por fin pudo regresar a casa. Sin embargo sería mucho decir que se había recuperado; su vida nunca iba a ser igual.

 
Al parecer, la infección le había destruido la mayor parte del hígado. Su médico tuvo la desagradable tarea de explicarle que dicho órgano jamás se podría regenerar, por lo que Gino siempre tendría una salud frágil y hasta el fin de sus días estaría conectado a un aparato que cumpliría las funciones que no podía realizar su hígado.
 

Con la pensión por invalidez que recibió del gobierno, pudo alquilar un pequeño piso. Sus numerosos amigos se turnaban para hacerle las compras e ir a cocinarle. Postrado en la cama y permanentemente conectado, por medio de tubos, a una máquina que debía ser empujada sobre ruedas cada vez que iba al baño, el muchacho, que en una época había sido deportista, trató de mantener el ánimo, aunque sabía que tendría que pasar el resto de su vida imposibilitado.

 

Como Gino tenía mucho tiempo libre, y para aliviar su aburrimiento, un amigo le regaló el libro Creative Visualization (Visualización Creativa), de Shakti Gawain. En él, Gawain describe una antigua técnica espiritual destinada a cambiar la realidad. Según este autor, uno puede curarse por sí mismo si se modifica el modo en que se representa mentalmente las cosas. Gino, feliz de poder llenar sus días tediosos y sus noches de insomnio con una actividad constructiva, comenzó a visualizar la curación de su hígado.

 

-Acostado en la cama, solía ocuparme de cada célula de mi hígado, una por una- me contó años más tarde, cuando empezó a estudiar en la universidad donde yo daba clases. -Si pensaba en todas al mismo tiempo, me deprimía. Mentalmente, imaginaba mi hígado como una enorme masa blanda y negra, apenas con un mínimo trocito de tejido sano y rosado-.

 

-Entonces imaginaba que, con un cepillito, frotaba una célula y le sacaba el tejido malo, luego la enjuagaba minuciosamente y, con mucha suavidad, volvía a frotarla con mágicas pomadas medicinales. No sé si de veras creía que eso me iba a ayudar, pero al menos aquello me distraía. Una persona no puede pasarse el día entero viendo televisión-

 

Con el paso de los meses, Gino fue recuperando algunas fuerzas, con lo cual pudo desplazarse más fácilmente por su apartamento y prepararse él mismo sus comidas; mientras tanto, seguía llenando sus horas de ocio ocupándose de las células de su hígado. En ocasiones, cuando estaba solo, hasta les cantaba como un padre cariñoso, les decía “muchachitas” y las instaba a que se compadecieran de él y decidieran curarse solas. Y día a día, “veía” que su hígado estaba algo mejor. Poco a poco, aumentaban la cantidad de células rosadas y disminuían las negras. Un día, al salir de la cocina, uno de los tubos que se conectaba a la máquina se enganchó en el borde de la mesa al hacer un movimiento brusco; sintió un intenso dolor en el momento en que la sonda umbilical se desprendía de su cuerpo. El médico le había advertido que dicha eventualidad podía llegar a ser fatal, por lo que Gino en el acto llamó a una ambulancia.

Su médico lo esperaba en la mesa de urgencias, con cara de preocupación.

Tendré que operarlo, anunció, pero primero quiero hacerle unas pruebas para ver cómo se encuentra. La enfermera lo llevará a la sala de rayos mientras yo me esterilizo.

Rápidamente se le practicaron las pruebas, y Gino fue preparado para la intervención. Sin embargo, al cabo de una breve espera, regresó la enfermera y le avisó de que había habido un problema con sus radiografías y análisis y habría que repetirlos.

Se le realizó entonces otra serie de pruebas, y una vez más dejaron a Gino esperando. En esta ocasión fue el médico mismo el que apareció con una expresión como de quien pide disculpas. Los análisis tampoco habían salido bien, y volverían a practicársele.

Sin embargo, al completarse la tercera ronda, el médico regresó a la habitación y lanzó a Gino una mirada especulativa. Blandió en el aire un manojo de papeles con los resultados y preguntó en tono enérgico:

¿De dónde ha sacado este hígado?

¿Qué ha dicho?, respondió Gino con un hilo de voz.

¡Este hígado no es suyo! ¡Yo conozco muy bien su hígado, y no es este!

Gino quedó azorado: ¿Cómo es eso? ¿Qué tiene de malo?

¡Precisamente!, exclamó el facultativo, ¡No tiene nada de malo! Este hígado está perfecto. Hace cinco meses, cuando usted se fue de aquí, no tenía prácticamente ninguna función hepática, y ahora aparece con el hígado en perfecto estado. Dígame, ¿cómo diablos lo hizo?

Usted no lo va a creer doctor, pero tiene que haber sido la visualización que he venido haciendo. Todos los días, durante varias horas, he ido visualizando cómo me curaba. Debe de haber sido eso.

Gino tuvo razón en una cosa: el médico nunca creyó que la visualización hubiera obrado semejante milagro. ¡Pero tampoco aportó teoría alguna que lo explicara!

Cuando hace diez años lo conocí, Gino era un hombre vital, apenas entrado en la treintena, que creía profundamente en el poder de la mente sobre la materia. Eso fue lo que lo llevó a estudiar psicología: quería, como psicoterapeuta, ayudar a que muchas personas pudieran curarse solas dando una nueva orientación a sus pensamientos.

 
 
El libro de la Dra. Carolyn Miller se titula: Milagros, El Libro de los casos
Es el mejor libro que conozco sobre esta temática, un libro extraordinario
 
 
 

Todo el Universo es Mental; esto hace que podamos cambiarlo todo con nuestra mente. Pero es importante saber hacerlo de forma que nos favorezca y nos libere de las ataduras inservibles: las que nos hacen sufrir inútilmente. El sufrimiento con frecuencia es elegido inconscientemente por nosotros, pero lo que es seguro es que no elegimos el sufrimiento no útil. Si no hubiese sufrimiento nos estancaríamos, pero nuestra misión es la de superarnos.

 Cuando cambiamos nuestra mentalidad y nuestra visión del mundo ampliamos los límites de nuestro universo y es entonces cuando vemos que, como por arte de magia, algunos o muchos de nuestros males desaparecen. Es entonces cuando podemos ver que una enfermedad, a veces incurable para el estamento médico, desaparece de nuestro cuerpo de la noche a la mañana o en un tiempo récord, pues la misión a la que servía dejó de existir. Casos en los que hubo una especie de milagro se conocen a miles, pero siempre nos los ocultan. Es precisamente en el estamento médico donde más los conocen y más los ocultan.

Nuestro cuerpo físico, el cual es reflejo de nuestros otros cuerpos menos densos, es el espejo por el que podemos saber que algo no funciona o que no estamos en el camino que nuestra alma desea para nosotros. Cada uno venimos a este mundo con una misión y unas lecciones por aprender. Si nos desviamos mucho de las lecciones que pretendíamos recibir, pero el camino tomado es positivo, o muy positivo, a nuestro Yo Superior (o nuestra alma) no le importará y podremos seguir por el camino que tomamos. Pero si nos desviamos mucho del camino, un camino que no nos sirve, y no hay visos de que cambiemos, nuestra alma pudiera pactar una muerte prematura. Muchas veces es una enfermedad la que nos avisa de que no estamos en el camino que nos interesa.

Cuando solicitamos ayuda a los otros mundos, esos que están aquí pero que no percibimos, hemos de tener mucho cuidado, pues pueden ser seres de la Oscuridad quienes nos presten ayuda. Cualquier mundo de mayor frecuencia, tal como el mundo astral, tiene potestad para producir cambios permanentes en este mundo si pedimos ayuda. Pero ¿cuál es el factor importante para que la ayuda nos sea concedida? ¿qué puede hacer que quienes nos atiendan sean los seres creadores de los planos de baja frecuencia o de planos de positividad y alta frecuencia? Ese factor es el de que pidamos algo para nuestro encumbramiento o no, lo cual puede ir acompañado de un compromiso; si lo que pedimos es algo egoísta o altruista. Si nuestra petición supone algo egoísta y por añadidura ofrecemos algo a cambio en caso de cumplirse, un compromiso, los seres de la Oscuridad estarán prestos a servirnos*, y estos no suelen fallar, pero a cambio habremos de sufrir las consecuencias, pues con bastante seguridad nos habremos apartado de nuestra misión como alma.

Si lo que pedimos es algo que le sirve a todo el mundo, algo altruista, y por añadidura hacemos un compromiso positivo en caso de cumplirse, es fácil que observemos un milagro en nuestra vida; algo que se considera imposible puede llegar a ocurrir.

Realmente no existen los milagros, pues cada uno de ellos tan solo supone que nuestro poder creador actuó a nuestro favor. El Universo siempre nos apoyará para las causas positivas, pero no hemos de olvidar que en los mundos duales la negatividad es necesaria para poder demostrar lo que somos con respecto a algo, pues esto nos permitirá superarnos. Es decir, la negatividad es una posibilidad de elección de cada uno de nosotros y podemos crear tanto para lo negativo como para lo positivo.

Nosotros somos los Creadores, pero hemos de aprender a crear conscientemente, eligiendo lo que nos conviene a todos si en realidad elegimos vivir en un mundo mejor. 

 
 
El Libertario
 
*se pueden hacer pasar por seres de bien
 

 

 

La curación de Kristin

 

Kristin Killops no debería de estar viva y mucho menos tener hijos. Sus médicos no solo la enviaron a su casa a morir; estaban segurísimos además de que los tratamientos le habían destruido su capacidad reproductora.

 

El historial clínico de Kristin comienza en 1974 con la aparición de unos inexplicables hematomas en la piel. Tenía 19 años y vivía con unas amigas en la isla de Maui en Hawaii. Un médico le sugirió que tomara suplementos de hierro, pero pasadas dos semanas sin ninguna mejoría, ella se hizo hacer un análisis de sangre; el resultado fue alarmante. El recuento globular era muy bajo, tanto de glóbulos rojas como de glóbulos blancos y plaquetas. Las plaquetas son elementos constituyentes de la sangre responsables de la coagulación; la poquísima cantidad de plaquetas era la causa de los hematomas que llamaron la atención de Kristin. Le hicieron una biopsia de médula ósea para detectar a qué se debía su falta de glóbulos; el resultado fue peor aún. Casi no tenía células en la médula, solo un dos por ciento de la cantidad normal. El diagnóstico fue anemia aplásica, lo cual es una calamidad desde el punto de vista médico, porque representa la pérdida de uno de los tejidos más vitales del cuerpo, la fuente de todos los elementos que se forman en la sangre. La llevaron de urgencia a un hospital de Carolina del Sur para una intervención con el fin de salvarle la vida. Normalmente, con esta enfermedad, el problema suele ser debido al fallo de las células madre, pero en el caso de Kristin el fallo de médula ósea no tenía ninguna causa identificable, pero existía la sospecha de una exposición a un producto tóxico. Otras seis personas de Maui desarrollaron anomalías de médula y sangre al mismo tiempo; todas murieron a los pocos meses. Este grupo de casos hace pensar en una causa medioambiental. Los productos químicos agrícolas se usan sin moderación ni cuidado alguno en Hawaii, sobre todo en los campos de caña de azúcar y piña.

 

Kristin llegó a Santa Bárbara (California) enferma, sin esperanza de salir con vida. El tratamiento de la anemia aplásica requiere medidas drásticas, incluyendo un ambiente aislado para que la enferma no se contagiase con los gérmenes de los demás y constantemente con antibióticos. Los médicos de Kristin comenzaron el tratamiento con esteroides, pero pensaban que estaba demasiado grave para sobrevivir. Entonces la enviaron al Centro Médico de la UCLA (Universidad de California en Los ángeles) para que le practicaran un trasplante de médula ósea. Esta operación puede ser lo mejor para personas que sufren anemia aplásica; es una intervención importante, de resultados inciertos, limitada por la disponibilidad de un donante apropiado, de preferencia un hermano gemelo o de otra persona compatible antigenéticamente. Por suerte Kristin tenía un hermano y una hermana que cumplían este requisito y que estaban dispuestos a donar médula. Le hicieron dos trasplantes de médula, pero su cuerpo los rechazó. Eso era lo mejor que podía ofrecer la profesión médica. Sus médicos desecharon toda esperanza.

 

Pero Kristin no tiró la toalla. Estaba decidida a encontrar otros tipos de tratamientos y se sentía inclinada a experimentar con la curación psíquica y la visualización. El psicólogo del hospital la había enviado un investigador de la UCLA que estudiaba la curación psíquica. Por su mediación encontró a un sanador que usaba la hipnoterapia y la imposición de manos. Mientras aún estaba hospitalizada tuvo con este sanador dos sesiones semanales durante dos semanas. Pasado ese tiempo los análisis mostraron un módico aumento de médula ósea, cosa que según los médicos era algo inaudito. Pero aunque los índices de glóbulos subieron de forma espectacular, no eran lo suficientemente elevados como para que pudiera salir del aislamiento protector al que estaba sometida, y además necesitaba transfusiones. Al final los médicos consideraron que ya no podían hacer nada más, y después de hablar con ella y con su madre, la enviaron a casa. Su madre comprendió que lo hacían así para que pudiera morir en su casa con los suyos.

 

Kristin perseveró en su búsqueda de sanadores. Vio a otro que iba cinco días a la semana a imponerle las manos; al cabo de dos semanas nuevamente hubo resultados milagrosos: la cantidad de glóbulos y plaquetas había aumentado hasta casi la cantidad normal. Ella continuó, y entonces contrajo hepatitis sérica, a consecuencia de las transfusiones. Estuvo muy enferma, con una fiebre que durante un mes se mantuvo por encima de los 37,7ºC.

 

Oyó hablar de una mujer que recetaba dietas curativas por intuición psíquica. La dieta que le prescribió a ella no era fácil de seguir: nada de azúcar, nada de féculas, dos huevos y una yema extra cada día, verduras al vapor, caldo de verduras y ensalada sin aceite, un poco de pescado o pollo al vapor, y un vaso de zumo de granada o de mosto rebajado con agua al cincuenta por ciento. Kristin siguió este régimen durante nueve meses. Adelgazó.

 

Fue lo más difícil que he hecho en mi vida, dijo, pero me ayudó. A los pocos días experimenté una gran mejoría en los síntomas de la hepatitis. Estuvo medio año en el hospital. Me dijeron que nunca tendría hijos por los fármacos que me administraron para evitar el rechazo a los trasplantes, recuerda. Como persistía el peligro de una hemorragia incontrolable, no me podían permitir tener la regla, de modo que me daban grandes dosis de hormonas femeninas. Además tomaba prednisona para controlar las reacciones a las transfusiones y hormonas masculinas para estimular la médula ósea. Durante un año no tuve regla, y una sanadora psíquica que me puso las manos en la pelvis me dijo que sentía allí una “negrura total”. Después hice una semana de ayuno y me volvió la regla. Desde entonces ha sido completamente regular.

 

Veinte años después, Kristin es una mujer sana y vital, madre de cuatro hijos fuertes y sanos. Su recuperación fue tan insólita desde el punto de vista médico que uno de sus médicos presentó su caso en un congreso internacional sobre anemia aplásica.

 

No solo estoy viva, escribe Kristin, sino además muy sana y fuerte. Siempre me ha gustado la actividad física y a medida que iba mejorando descubrí que podía ser todo lo fuerte que deseara ser. Actualmente soy feliz y estoy ocupada criando a mis hijos. Tengo licencia para practicar la naturopatía, pero no lo he hecho desde que me convertí en madre. Enseño yoga y estoy escribiendo e ilustrando un libro para niños.

 

¿Qué reservas de poder curativo extrajo Kristin para reactivar su médula ósea, neutralizar lo que causara su enfermedad y deshacer los efectos tóxicos del tratamiento invasor? Me fascina su inquebrantable confianza a lo largo de su dolorosa experiencia.

 

Siempre creí que había una manera para seguir viviendo, me dijo. Simplemente tenía que encontrarla a tiempo. Esa creencia y esa búsqueda alimentaron mi invencible optimismo y me convirtieron en participante activa en el proceso de mi curación.

 
 
 
Dr. Andrew Weil – La curación Espontánea